LA PALABRA DE DIOS PARA HOY

LA PALABRA DIOS PARA HOY

25 de febrero de 2018

EL MORALISTA HIPÓCRITA

Mateo 21,28-32
   Jesús les preguntó:
—¿Qué opinan ustedes de esto? Un hombre tenía dos hijos, y le dijo a uno de ellos: “Hijo, ve hoy a trabajar a mi viñedo.”  El hijo le contestó: “¡No quiero ir!” Pero después cambió de parecer, y fue.  Luego el padre se dirigió al otro, y le dijo lo mismo. Éste contestó: “Sí, señor, yo iré.” Pero no fue.  ¿Cuál de los dos hizo lo que su padre quería?
  
     Amados: Dice la parábola que este hombre tenía una viña y dos hijos. Se acercó al primero y le dijo pues que fuera a trabajar en la viña: “Hijo, vete a trabajar a la viña y él dijo: No, no quiero”. Pero después se arrepintió dice La Palabra y fue. Y entonces se acercó al segundo y le dijo lo mismo: “Hijo, ve a trabajar a la viña y él le dijo: Claro que sí, sí señor, voy.” Pero no fue.”
     Es decir, que la parábola ahí nos habla de dos hijos, pero más que de dos hijos, nos habla de dos clases de hijos. Los del no que se hace un y los del que se hacen un no. Pero, yo me pregunto si ese padre tenía más hijos. Porque el Señor está hablando del Padre Dios y el Padre Dios tiene más de dos hijos. Yo no sé si esa parábola así, limitándonos a dos hijos, explica toda la realidad.
     Vamos a decir que al dueño de esa viña le nació un tercer hijo. Vamos a decir que a la familia de Dios, se le ha añadido un nuevo personaje. Amados: A mí no me satisfacen los dos hijos. Yo quiero buscar a otro hijo. Yo creo que tendría que ser más numerosa esa familia porque, figúrense: un no que se vuelve un sí y un sí que se vuelve un no. A lo mejor hay un no que se vuelve no, o un sí que se mantiene un sí. Pero me gustaría pensar que en esa familia hay más de dos hijos. 
     Vamos a decir que viene otro hijo más, un tercer hijo y la característica de este tercer hijo no es ni un no, ni un sí, ni un sí ni un no. Es más bien un palabrero, un hijo que es un palabrero. Llega el padre, le invita a ir a la viña, y entonces este hijo empieza a regatear. “Mira, papá, me tienes que escuchar; me tienes que escuchar; escúchame.”  Empieza este tercer hijo, a criticar y a acusar al padre, todos los errores que el padre y todos los empleados han cometido en el cultivo de la viña. El hijo éste es muy inteligente, cada error lo precisa, lo cataloga. Empieza a nombrar las responsabilidades, con mucho documento, con tono duro, tajante. Empieza a regatear. Empieza a justificarse. Empieza a decir: “Pues no puede ser así porque tú no lo has hecho de tal manera. Y ahora tú me dices que yo tengo que ir a la viña, pero tú no tienes derecho, porque tú no estás haciéndolo bien. Y además, que tú, que tú, que tú…” Pasan las horas y allí están los dos, clavados a la mesa y siguen discutiendo. Y la viña allá, esperando. Y empieza ese tercer hijo a programar: “Mira, padre, es que para poder cultivar la viña se necesitan estos criterios modernos y eficaces. Porque ya tú estás viejo; tú no sabes.” Empieza a traer los métodos, a explicarlos con una terminología muy especializada. Y después de un tiempo, todavía los dos siguen discutiendo. Mejor dicho, a lo mejor uno es el que está discutiendo. Y la viña esperando a que la cultiven. “Pero, hijo mío, está bien, está bien, pero dime: ¿Estás dispuesto a echar una mano en la viña?” Y él le dice: “Pero, padre, es que Tú siempre estás tratando de eludir los problemas, esquivar los problemas auténticos, contigo siempre se acaba así. No hay posibilidad de hablar. Tú siempre con las mismas cosas, padre.” “Pero hijo, estoy escuchando hace tiempo. Pero decídete, está bien, decídete a trabajar en la viña.” Dice el hijo: “Mira: déjame hablar. Papá, déjame hablar. La situación actual en que esto no se puede, no hay manera.” El tercer hijo pasa de los problemas a su solución teórica, con palabras, palabras, palabras, pero a los hechos nada. No pasa de la mesa a la viña. No pasa de la palabrería a la azada, al rastrillo, al machete. 
    Hay un tercer hijo en esa familia. El tercer hijo que parece un tribunal ambulante, que se sienta a la mesa y es capaz de condenar al mundo entero. Es el individuo que siempre está criticando el gobierno actual pero luego uno se da cuenta que por allá debajo tiene odio, resentimiento u orgullo. El tercer hijo que es el moralista hipócrita, siempre dispuesto a denunciar con palabras de fuego los escándalos de los demás. Y apenas uno le conoce un poquitito de cerca, uno se da cuenta de que él mismo pisotea unos valores elementales de Jesús Cristo. Es el seudo creyente, que rechaza cualquier compromiso serio cristiano, pero que está dispuesto a escandalizarse por cualquier cosa, por cualquier flaqueza o defecto de los demás. Y empieza a decir, a exclamar: “¡Cómo se puede seguir creyendo todavía!” Pero él cree en algunas cositas que Jesús Cristo no cree. Es el maestro, el profesor de vía estrecha, que sabe cuatro cositas de sicología o de sentido común y se hace pasar por un documental completo. Un tercer hijo, con quien uno tropieza frecuentemente en el caminar, y que adopta miles de rostros diferentes. Pero pensándolo bien, el tercer hijo lo encuentro dentro de mí, lo podemos encontrar dentro de cada uno de nosotros. También podríamos cometer la equivocación de hospedar a este personaje enfermo de palabrería -que tiene la cara dura de haber puesto a discusión todas las cosas, de discutir todo menos a sí mismo- que es un acusador infalible de los errores de los demás pero incapaz de apuntar con el rifle cuando se trata de las culpas propias.
     Sí, al papá ese de la parábola le podemos regalar un tercer hijo. Pero un tercer hijo así, como que empobrece la familia esa. ¡Ay, no seamos un tercer hijo! No. ¿Cómo descubrir si tenemos algo de ese tercer hijo? Bueno, yo no sé decir ninguna palabra exacta para describirlo, pero, pero para descubrir si hay un tercer hijo en nosotros, fijémonos bien en algunas de las expresiones y actitudes nuestras. Algunas veces viene el tercer hijo y dice: “Bueno, aquí lo que hace falta es”, o también, “es necesario que”; o “lo que se debería hacer, se debería, es necesario, haría falta”. En lugar de; ”Yo debo hacer, yo necesito, para mí es necesario”. Si tú te encuentras que eso es así, como: ”sería bueno que, se debería, es importante que en esta casa, lo que se debiera hacer.”  Cuando salen de nuestros labios expresiones así, no hay duda, nació el tercer hijo. Y la viña: no tiene salvación y se queda como está. Y el padre se tiene que ir solo, con su desilusión, una desilusión peor que la que provocó el primer hijo, con un “no” seco.

     

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