LA PALABRA DE DIOS PARA HOY

LA PALABRA DIOS PARA HOY

27 de agosto de 2017

LA INHABITACIÓN

Juan 4, 30-34
  Entonces salieron del pueblo y fueron a donde estaba Jesús. Mientras tanto, los discípulos le rogaban:
—Maestro, come algo.
   Pero él les dijo:
—Yo tengo una comida, que ustedes no conocen.
   Los discípulos comenzaron a preguntarse unos a otros:
—¿Será que le habrán traído algo de comer?
   Pero Jesús les dijo:
—Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y terminar su trabajo.


   Amados: Jesús, al entrar en este mundo, dice Pablo que dijo: “Sacrificio y oblación no quisiste Dios; pero me has formado un cuerpo. Entonces dije: He aquí que yo vengo a hacer -oh, Dios- Tu voluntad.” Cuando Jesús el Cristo se enfrenta con quiénes no están metidos  dentro de esa realidad de vivir glorificando a Dios, guardando Su Palabra, metidos en Su voluntad, Él no puede tolerar religiosidad de esa índole. Eso Él lo rechaza. Eso es irreconciliable con Su ser. Jesús puede tolerar a los pecadores que no conocen a Dios; pero Él no puede tolerar a aquellos que supuestamente, han pasado de la tiniebla a la luz -que siguen a Jesús- pero que no están metidos dentro de la voluntad y de la verdadera glorificación del Señor, que se consigue viviendo La Palabra del Señor. “He aquí que vengo, oh Dios, ha hacer tu voluntad”. Esa es la disposición íntima y constante de Jesús, ante la voluntad del Padre. Los discípulos, después del encuentro de Jesús con la mujer samaritana, le insisten, le instan a tomar un poco de alimento. Él les responde: “Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen.” El alimento de Jesús es hacer la voluntad del Padre. Lo que le lleva caminando por la vida a Jesús, no era la energía física, resultado de una alimentación material. No: “Yo tengo un alimento que ustedes no conocen. Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”. Lo que Jesús anhela, lo que Le consuela, lo que es Su gozo, es cumplir la voluntad del Padre. La mirada de Jesús está siempre fija ahí. Y no hace ni un movimiento que no esté conforme a la voluntad del Padre, que no esté conforme al querer del Padre. La voluntad de Jesús está siempre transformada y perdida en la de Dios de una manera plena y perfecta. Él obra solamente al impulso de la voluntad de Dios. “He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad sino la voluntad del que me ha enviado. No busco mi voluntad, sino la del que me ha enviado.” Ese es el refrán, el estribillo, la copla constante que acompasa toda la vida de Jesús. Esa es la regla que gobierna toda su conducta. Ese es el motivo profundo de toda la acción y obra de Jesús.
     Y amados: Él no cumple la voluntad de Dios por necesidad. Jesús no cumple la voluntad del Padre, por necesidad, sino con una libertad gozosa y soberana, aún cuando le duela. “Padre, si es posible que pase de mí este cáliz. Pero no, Padre, por favor, no te vayas a imaginar nada.  No vayas a pensar que Yo estoy tratando de salirme de este atolladero por mí mismo. No creas que… no vayas a pensar que yo estoy tratando de buscar el modo más fácil.” Él cumple la voluntad del Padre, movido por el inmenso amor de Hijo con el Padre. Por eso le ama el Padre. “El Padre me ama porque doy mi vida. Nadie me la quita; Yo la doy gozosa y voluntariamente.” 
   Amado, amada: Esa es la misma vida tuya, porque tú eres hijo de Dios. Y para ti, el camino único de la santidad, ha de ser la voluntad del Padre. Igual que Jesús, tú y yo tenemos que alimentarnos de la voluntad santa y santificadora del Padre. ¿Y cuándo has de hacerlo? En todo momento, que no busques nada ni desees nada fuera de cumplir esa voluntad; que hagas de la voluntad del Padre, el único móvil de la vida tuya.
   Tú tienes que esforzarte continuamente porque es preciso llegar a la plena conformidad de tu propio querer con el querer de Dios. De manera que llegue tu vida  espiritual a tal profundidad, que no haya en tu voluntad, ninguna cosa contraria a la voluntad de Dios. Que tú estés conforme a la voluntad de Dios y la vivas. Y que tú sigas creciendo, por esa misma razón, en el amor. Eso es lo único necesario para la santidad y la vida de unión con Dios. A mayor conformidad de voluntad, corresponde mayor amor. Y al revés, a menos conformidad con la voluntad de Dios, menos amas al Señor. ¿Qué fue lo que dijo Jesús?  “Si alguno me ama guardará mi Palabra y mi Padre le amará, y vendremos a Él y haremos morada en Él.” El cumplimiento de La Palabra, de la voluntad de Dios es la condición necesaria, el requisito necesario para vivir y crecer en el amor y en la santidad; para poder gozar de la inhabitación  -como dicen los teólogos- de la Trinidad en la propia vida de uno.  Para que el Espíritu Santo encuentre morada en nosotros, hemos de estar metidos en la voluntad del Señor. Y en la medida que tú crees que haces cumplir el vivir en la voluntad del Señor, no solo tú vas a descubrir que no solo estarás viviendo para el Señor, las cosas grandes, importantes; sino que estarás viviendo todos los más mínimos detalles, porque estarás viviendo la más mínima expresión de la voluntad de Dios. Y no te vas a conformar con no pecar, con pecados mortales como decían antes; sino que no habrá la menor infidelidad voluntaria en ti. A medida que tú y yo empezamos a agradar a Dios porque estamos sometidos a Su voluntad; a medida que vayamos abrazando todo lo que Dios quiere o abrazando todo lo que Él permite -aunque sea doloroso-  iremos creciendo en amor y en gracia, y por su parte, toda la Trinidad te va a dar a ti y a mí, va a querer habitar en nosotros.

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