LA PALABRA DE DIOS PARA HOY

LA PALABRA DIOS PARA HOY

30 de julio de 2017

HASTA LA SANGRE

Josué 24,14-17
   Y añadió Josué:
   —Por todo esto, respeten al Señor y sírvanle con sinceridad y lealtad. Apártense de los dioses que sus antepasados adoraron a orillas del río Éufrates y en Egipto, y sirvan al Señor. Pero si no quieren servir al Señor, elijan hoy a quién van a servir: si a los dioses a los que sus antepasados servían a orillas del Éufrates, o a los dioses de los amorreos que viven en esta tierra. Por mi parte, mi familia y yo serviremos al Señor.
   Entonces el pueblo dijo:
—¡No permita el Señor que lo abandonemos por servir a otros dioses! El Señor fue quien nos sacó a nosotros y a nuestros antepasados de Egipto, donde éramos esclavos. Él fue quien hizo tantas maravillas delante de nuestros ojos, y quien nos protegió y nos defendió durante el camino, cuando pasamos entre tantos pueblos.

   Amados: Siempre: “¡Hasta la Sangre!”
   Cuando el Pueblo de Israel escuchó las palabras de Josué, le respondieron: “Lejos de nosotros, no, imposible; no se te ocurra pensar que nosotros serviremos a otro que no sea el Señor, porque nosotros…” Y entonces, ellos mismos, empezaron a decirle a Josué las razones por las que ellos nunca abandonarían al Señor. Y empezaron ellos mismos, a reconocer y a confesar, públicamente, que no pueden abandonar al Señor; precisamente porque están ellos conscientes de las maravillas que el Señor ha hecho en medio de ellos, que Josué no tiene que recordárselo, que ellos mismos lo saben y lo recuerdan. Dicen ellos: “No podemos abandonar al Señor porque Yahwé nuestro Dios, Él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la tierra de Egipto, de la esclavitud, de la servidumbre y Él, delante de nuestros propios ojos, obró tan grandes señales y nos guardó por todo el camino que recorrimos y en todos los pueblos por los que pasamos... Además, el Señor expulsó delante de nosotros a todos esos pueblos enemigos que habitaban en el país. También nosotros -al igual que tú, Josué- serviremos al Señor porque el Señor es el único Dios nuestro.” Entonces Josué, se da cuenta que sí, que ellos están conscientes de que no pueden abandonar al Señor.
   Amados: Entonces, Josué, él se da cuenta que sí es verdad, que ellos están muy conscientes de que no pueden abandonar al Señor; que sí, que están muy conscientes ellos de que de ninguna manera se pueden desviar ni un momento, ni un pasito del Señor. Se da cuenta Josué, además, que ellos están conscientes que no pueden abandonar al Señor y que saben las razones por las que no pueden hacerlo. Pero también, nota Josué, que esa conciencia de saber que no pueden abandonar al Señor, que esa conciencia de saber las razones, no les hace ignorantes, porque si fueran ignorantes, no serían responsables; pero Josué sabe que son completamente responsables de lo que están diciendo. Pero también se da cuenta Josué, que si no se esfuerzan hasta preferir la muerte antes de traicionar al Señor, que no van a poder cumplir aquello de: “Nosotros serviremos también al Señor porque Él es nuestro Dios.” No podrán. Josué se da cuenta, que en ese momento, hay una desproporción entre lo que ellos saben y saben qué tienen que hacer y la capacidad que hasta ese momento tienen para cumplir con aquello mismo que saben que tienen que hacer y vivir, con aquello mismo que ellos saben que es lo único que pueden hacer. Entonces, Josué les dice, ¡NO!, no que ellos no pueden cumplirlo, no; sino que solamente lo podrán, si la lucha es hasta la muerte, si la lucha es hasta la sangre.
   Entonces, cuando Josué,  les escucha decir a ellos: “Serviremos al Señor porque Él es nuestro Dios.” Él les dice: “Ustedes no podrán servir al Señor.” Esto, a simple vista, parecía un poco absurdo porque él, unos momentos antes, estaba diciendo que tenían que servir al Señor y ahora les dice: “Ustedes no podrán servir al Señor.” Y ahí, yo me imagino que ellos, el Pueblo de Israel, se habrán estremecido al ver qué es lo que él iba a decir, “¿por qué dijo aquello?”: “Ustedes no podrán.” Y él les dice: “No podrán servir al Señor porque el Señor es un Dios santo.” Él les estaba diciendo: “Tan sólo podrán ustedes servir al Señor, si toman ustedes la decisión de ser santos.” Porque a nuestro Dios santo hay que servirle siendo santo. Nadie puede servir al Señor a menos que no sea como el Señor: que esté participando de la santidad del Señor. Nadie que no sea santo puede servir al Señor. El servicio al Señor comienza cuando la obra de santidad se comienza a  realizar en ti. Tú puedes servir al Señor Santo únicamente si eres santo. Por eso Josué les dice: “No pueden servir al Señor porque el Señor es un Dios santo.” 



23 de julio de 2017

LA VIDA DESDE EL ESPÍRITU

Mateo 4, 23-24
   Jesús recorría toda Galilea, enseñando en la sinagoga de cada lugar. Anunciaba la buena noticia del reino y curaba a la gente de todas sus enfermedades y dolencias. Se hablaba de Jesús en toda la región de Siria, y le traían a cuantos sufrían de diferentes males, enfermedades y dolores, y a los endemoniados, a los epilépticos y a los paralíticos. Y Jesús los sanaba.

 Amado, amada: La meta y el propósito de Dios siempre ha sido y siempre será tener una relación contigo de Espíritu a espíritu. Cuando el Señor brega contigo, de cualquier manera que Él escoja, por más tonto que tú creas, por más insignificante que tú lo juzgues, por más pequeño que tú lo consideres, lo que el Señor quiere es hacer una llamada a tu espíritu. Eso es lo que Él quiere. Por eso, tenemos que descubrir el misterio del bregar del Señor contigo y de tú vivir en el Señor y para el Señor. No hay ningún bregar del Señor contigo que se limite a la carne o al alma. Cada vez que el Señor brega contigo, Él está llamando a tu espíritu. Él no quiere relacionarse con tu cuerpo o relacionarse con tu mente o con tu voluntad; Él no quiere. Por eso, cuando Él le daba de comer a la gente, Él no estaba queriendo saciar el hambre física; de ninguna manera: Él estaba queriendo hacer una llamada a su espíritu. 
  Cuando Él brega en el espíritu, claro que sí que la carne se regocijará y el alma se regocijará, pero eso es solamente porque Él bregó contigo en el espíritu. Por eso es que Él reprocha a aquellas ciudades que no le recibieron. Él había hecho tantos milagros en ellas. Y los milagros de Él solamente se posaron en la carne; a lo más, en el deleite de una mente o en el regocijo de una voluntad. Pero en donde Él quiso llegar, no pudo llegar porque ellos estaban todavía apegados a lo terrenal. Ellos estaban todavía apegados a la carne, al alma, a la mente y a la propia voluntad. Ellos no dejaban que La Palabra llegase a donde Él tenía que llegar y a donde Él solamente quiere llegar. Porque cada vez que Él brega con el hombre o la mujer, Él brega con el hombre o la mujer para hacer una llamada a su espíritu. 
   Amado, amada: El Señor no quiere visitar tu cuerpo. Él no quiere visitar tu mente, ni tu voluntad. Él quiere visitar tu espíritu. No hay otra manera. Siempre que el Señor se inclina para mirarte, Él no quiere quedarse en tu cuerpo, ni en tu mente, ni en tu voluntad. La mirada del Señor es hasta allá dentro y si no te dejas mirar hacia allá dentro, nunca podrás decir que te ha mirado el Señor. Cuando el Señor alarga su mano hacia ti, no es para que tú le des la mano, es para que tú le des el corazón. Y Él se lo dice: ”Con ustedes Yo no he podido.” Y, por lo tanto, empieza a hacer una comparación bien dolorosa. ”Si en Tiro y en Sidón…” -como diciendo- si Yo hubiera ido a lo más horrible, a lo más sucio, a lo más duro, a lo más despreciable, a lo más pecaminoso y pecador; y hubiera hecho las cosas que Yo he hecho con ustedes, es posible que ellos, sí me hubieran dejado llegar hasta el corazón.” Porque Él estaba consciente que Su amor, Su misericordia y Su poder, habían sido tan abundantes con ellos, que se había derramado copiosamente el poder de Él sobre ellos, de que Él había tendido su mano en favor de ellos. 
   Amados: Si nosotros hiciéramos cuenta con lápiz y papel, de todo lo que ha venido a nosotros de mano del Señor, podríamos pensar en lo que hubieran llegado a ser otros, si hubiesen contado con todo lo que a ti y a mí nos ha dado el Señor. El Señor tiene razón en quejarse, en lamentarse, porque todo lo de Él o mucho de lo de Él, cuando Él ha querido que llegue hasta lo más adentro de nosotros, se tropezó con nuestro corazón duro, con nuestra mente brillante y con nuestra terca voluntad. ¡Cuántos deseos bonitos ha puesto el Señor en ti, que solamente llegaron a ser deseos bonitos! ¡Cuántos propósitos bonitos y resoluciones grandes has hecho tú, que ahora mismo -al mirarlas- son resoluciones nada más; se han quedado sin cumplimiento! Es una vergüenza para nosotros, tal vez, el pensar o el saber que otros en situaciones menos bonitas, han podido aceptar mejor lo del Señor. El Señor quiere que nos rindamos a lo de Él. Que no nos levantemos como aquellas ciudades, orgullosos; sino que la humildad nuestra sea la puerta grande y humilde por donde pueda pasar lo de Dios y llegar allí hasta donde Él solamente quiere llegar, a tu espíritu.


16 de julio de 2017

LOS PEQUEÑOS DEL SEÑOR

MATEO 19, 13-15
   Llevaron unos niños a Jesús, para que pusiera sobre ellos las manos y orara por ellos; pero los discípulos comenzaron a reprender a quienes los llevaban. Entonces Jesús dijo: —Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos. Puso las manos sobre los niños, y se fue de aquel lugar.
   Amados: Eso de ser “pequeños” para Dios, tiene que ver primero con reconocer nuestra propia nada. Y al reconocerla, que uno se arroje en los brazos del Papá bueno, del Dios bueno, nuestro Padre. Es que empecemos a sabernos que de verás somos nada. Es empezar a sentirnos tan pequeños, de manera que podamos arrojarnos sin reservas y sin dudas en los brazos de Dios. Es como entrar en una infancia espiritual. No inmadurez, yo no hablo de eso; no es eso lo que quiere el Señor. El hombre y la mujer verdaderamente maduros caben perfectamente entre los pequeños del Señor. Pero tenemos que entrar dentro de una infancia espiritual. Y eso es cuando el cuerpo no vale y el alma no vale, sino que es el espíritu el que esta valiendo. Por ejemplo, un niño cuando nace, para él, su cuerpo, no vale nada. Él no tiene conciencia de la protección de su cuerpo o de defender las verdades de su mente o los quereres de su voluntad. Lo único es que su espíritu tampoco ha tenido la experiencia de Dios. Pero, imagínate a un niño recién nacido a quien le sucediese el milagro de que su espíritu estuviera conscientemente en la experiencia de Dios. Eso tienes que ser tú, eso tengo que ser yo. Ahí es donde Dios es todo; donde tú y yo somos niños y somos nada. 
   Amados: Tenemos que volvernos pequeños, de tal manera que Dios no encuentre en nosotros ningún obstáculo porque Él logró que hiciéramos el esfuerzo tan grande de ser pequeños y el resultado fue, que nos hicimos niños ante Él. No esperes nada más sino a Él, el Señor. No te conformes con lo de Él, sino con Él y con nada más. Eso le place a Dios más que la creación de un millón de soles, de luz y de estrellas. Cuando el Señor puede conseguir que un hombre o una mujer lleguen a la madurez porque para ellos solamente está vivir a Dios como una experiencia continua, entonces es cuando el Señor se complace. 

   Amados: Nada cuesta tanto al hombre como hacerse sincero y verdaderamente pequeño. Y sincero no quiere decir, decir la verdad, ni verdaderamente pequeño quiere decir, estar caminando en inmadurez. Lo que quiere decir es una seriedad y una madurez tal, que uno se decidió a negarse a sí mismo metido en la voluntad amable de Dios. Y eso cuesta. Lo que te hace grande a los ojos de Dios no son tus grandes planes, ni siquiera tus planes de ser pequeño. Ni siquiera tus planes de negarte, ni de mortificarte. Lo que te hace grande ante Dios no es tu empresa, ni tu plan, ni tus grandes mortificaciones, ni tus grandes penitencias. Eso no es. Porque todo eso puede estar contaminado por orgullo; todo eso puede estar envenenado con vanidad. Todo eso puede estar saliendo de tu voluntad, de tu propio gusto y no del de Dios. Lo que te hace grande, lo que nos hace grandes delante de Dios es ser pequeños y humildes. Es lo que decía el Señor: “Yo soy manso y humilde de corazón”. Humildes como niños, pero como niños que dentro de su espíritu lo que están viviendo diariamente es la experiencia de Dios; la experiencia de Jesús Cristo; la experiencia del Espíritu Santo que como recio viento sopla en nuestras vidas. 

9 de julio de 2017

EL FARISEÍSMO

Juan 8, 47-55
   El que es de Dios, escucha las palabras de Dios; pero como ustedes no son de Dios, no quieren escuchar.
   Los judíos le dijeron entonces:
—Tenemos razón cuando decimos que eres un samaritano y que tienes un demonio.
   Jesús les contestó:
—No tengo ningún demonio. Lo que hago es honrar a mi Padre; en cambio, ustedes me deshonran. Yo no busco mi gloria; hay alguien que la busca, y Él es el que juzga. Les aseguro que quien hace caso de mi palabra, no morirá.
   Los judíos le contestaron:
—Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham y todos los profetas murieron, y tú dices: “El que hace caso de mi palabra, no morirá.” ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abraham? Él murió, y los profetas también murieron. ¿Quién te has creído que eres?
   Jesús les contestó:
—Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria no vale nada. Pero el que me glorifica es mi Padre, el mismo que ustedes dicen que es su Dios. Pero ustedes no lo conocen. Yo sí lo conozco; y si dijera que no lo conozco, sería yo tan mentiroso como ustedes. Pero ciertamente lo conozco, y hago caso de su palabra.

   Amados: Cristo Jesús, otra vez, con la lucha grande que tiene Él, la lucha de que Su Padre sea reconocido, la lucha de que Él sea aceptado: Él, el hacedor de la voluntad del Padre. Él tiene una lucha por acabar con el fariseísmo, la doblez y la mentira entre los que siguen a Dios, entre los que quieren ser contados en el número de los elegidos. Es que el que es de Dios, escucha las palabras de Dios y aquéllos no querían escucharLe a Él, quien es la Palabra de Dios. Él es de Dios y ellos no quieren escucharLe. Ellos no son de Dios porque no quieren escucharLe. Él es de Dios. Él es la Palabra de Dios.
  Y entonces cuando la Palabra de Dios hecha carne, Jesús Cristo, se enfrenta a ellos y les dice la verdad: “Ustedes no son de Dios porque si fueran de Dios, escucharían la Palabra de Dios y Yo soy la Palabra de Dios”; enseguida, cuando Él los confronta con esa realidad, enseguida -que es lo que siempre sucede cuando uno confronta a los hombres con la verdad de Dios- le acusan: “Tú eres un samaritano, tienes un demonio.” Siempre sucede así. Pero Él se lo dice con claridad.  Se lo dice con una claridad diáfana, con una tranquilidad que le viene del mismo seno de la Trinidad. “Yo no tengo un demonio”, y miren por qué Él dice que no tiene un demonio. Él no dice que Él no tiene un demonio porque es Hijo de Dios, o porque es La Palabra hecha carne. No. Él dice: “Yo no tengo un demonio porque Yo glorifico a mi Padre. Yo honro a mi Padre. Yo puedo decir que Yo no tengo un demonio porque Yo honro a mi Padre; porque Yo no busco mi gloria. Yo glorifico a mi Padre. Yo no busco mi propia gloria. Yo no me glorifico a mí mismo. Mi Padre me glorifica; Yo me cuido de hacerlo con Él. Ustedes no conocen a mi Padre. Ya pueden decir que son hijos de Abraham. Ya pueden decir que pertenecen a esto, a esto y a lo otro. Ustedes no, ustedes no son de Dios”. Son palabras fuertes que el Señor les dirige a estos. “Ustedes no son de Dios”. “Primero, ustedes no escuchan la Palabra de Dios. Ustedes no obedecen la Palabra de Dios. Yo les estoy hablando y no escuchan. Están oyendo por ahí pero no escuchan. No hacen lo que Yo les digo. Ustedes no son de Dios, porque ustedes no honran a Dios. No honran a mi Padre. Yo Le honro. Yo Le glorifico a mi Padre. Ustedes tienen que glorificar a mi Padre.”
   Pero, amados, ¿cómo es que se glorifica al Padre según está diciendo el Señor? Guardando La Palabra del Señor, esa es la glorificación del Padre. Glorificar al Padre no es aleluyar. Glorificar al Padre no es cantar alabanzas y decir: ”Bendito seas, Señor.” Eso son jaculatorias en forma de glorificación. Pero glorificar al Padre es guardar La Palabra de Dios. “Si alguno guarda Mi Palabra, no verá la muerte jamás”. Lo que dice es, que el que es de Dios, escucha La Palabra de Dios, guarda La Palabra de Dios. El que glorifica a Dios, obedece La Palabra de Dios; vive La Palabra de Dios y por consecuencia, el que guarda y vive La Palabra de Dios y glorifica a Dios, no morirá jamás.
      “Y ya podrán decir por ahí” -les dice Jesús-  “ya podrán decir ustedes por ahí, que Dios es el Dios de ustedes, pero no le conocen.” Otra cosa más, miren amados lo que Él está diciendo: que quien no guarda La Palabra de Dios, no solamente que no está glorificando al Señor, no solamente que no es de Dios; sino quien de verás no guarda y no vive La Palabra de Dios: ese no conoce a Dios. “Yo sí le conozco. Ustedes no le conocen. Yo le conozco. Es más, si Yo dijera -les dice Jesús- que no le conozco, sería tan embustero como ustedes que dicen que sí le conocen. Ustedes dicen que sí le conocen; pero no lo conocen por lo que les he dicho: que no viven La Palabra de Dios, que no escuchan la Palabra de Dios, que no glorifican a mi Padre Dios. Ustedes son embusteros, porque dicen que le conocen, pero no le conocen.  Como Yo sería mentiroso al decir que no le conozco,  cuando de verás le conozco.”

     

2 de julio de 2017

NUESTRO EVANGELIO

2 Tesalonicenses 2,13-17   
   Pero nosotros siempre tenemos que dar gracias a Dios por ustedes, hermanos amados por el Señor, porque Dios los escogió para que fueran los primeros en alcanzar la salvación por medio del Espíritu que los hace santos y de la verdad en que han creído. Para esto los llamó Dios por medio del evangelio que nosotros anunciamos: para que lleguen a tener parte en la gloria de nuestro Señor Jesucristo.
   Así que, hermanos, sigan firmes y no se olviden de las tradiciones que les hemos enseñado personalmente y por carta.    
   Que nuestro Señor Jesús Cristo mismo, y Dios nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha dado consuelo eterno y esperanza gracias a Su bondad, anime sus corazones y los mantenga a ustedes constantes en hacer y decir siempre lo bueno.
  
   Amados: El Señor está exhortando a los suyos; porque el Señor siempre Le habla a los suyos. A los que no son suyos, ÉL les habla para que lo sean. Pero el Señor no se fuerza. El Señor -de la misma manera que gratuitamente comunica su revelación- de la misma manera, con toda libertad, muestra su vida a los demás para ser vivida. Y Él respeta, pero de una manera maravillosa y digna de imitar; respeta la libertad de los hombres para acercarse a Él, escuchar Su Palabra y llevarLa a una feliz realización en la vida de cada uno. 
    Entonces, lo primero que dice el Apóstol es que hay que dar gracias continuamente porque el Señor nos ha escogido. Tenemos que estar agradecidos constantemente, sencillamente porque el Señor se fijó en nosotros; sencillamente por eso: porque nos escogió. Pero el Espíritu Santo es claro; no solamente dice que tenemos que darle gracias al Señor porque nos escogió, sino que dice para qué nos escogió: para la salvación. Pero esa salvación viene mediante la acción santificadora del Espíritu Santo. Él no nos escogió para salvarnos de cualquier manera. Él nos escogió para que la vida de santidad se haga una realidad patente y manifiesta en nuestras vidas. Y dice que esa vocación a la santidad solamente se puede llevar a cabo, dejándonos mover por la acción santificadora del Espíritu Santo. Es decir, que no solamente el Espíritu Santo accionando, operando y obrando en la vida tuya poderosamente sino que tiene que ser una respuesta profunda, constante, de la fe, de la confianza continua cara a la verdad que es el Señor.
   Entonces, Pablo les dice: ”para eso”.  Es decir que es a la santidad que se procura y se realiza por medio de la acción del Espíritu Santo, “para eso” para una salvación; pero no una salvación como dicen por ahí muchos evangélicos y católicos: “Jesús me salvó”; eso solamente significa para ellos que Él murió en la cruz y que Le aceptaron y que lo aceptaron como Salvador. Pero no. Esa no es la salvación a la que se refiere. La salvación es la santidad por la acción santificadora del Espíritu. De nada me vale a mí decir que Jesús me salvó, aunque sea verdad. Pero lo que Jesús hizo, eso yo tengo que empezar a vivirlo subjetivamente, permitiendo que la acción santificadora del Espíritu, al unísono con la fe y la confianza mía en mi Señor, descansando yo en Sus brazos; entonces se verifica la santidad. “Para eso”, nos ha llamado el Señor.
   “Por medio de nuestro Evangelio…” Y noten, esto es una cosa tan grande. Pablo dice: “nuestro Evangelio”. No dice: “por medio del Evangelio de Jesús”. Dice “Nuestro Evangelio”. ¿Qué querrá decir eso? 
   Amados: Pablo se sabe estar viviendo eso mismo: el Evangelio de Jesús CRISTO. Y Pablo está consciente que él no ha adulterado, no ha deformado, no ha menguado el Evangelio -en su propia vida primero- y luego en la publicación del mismo. Él habla de “nuestro Evangelio”, de “nuestra Buena Noticia”. Pablo está dando y anunciando la misma buena y exigente noticia  de Jesús. Por eso dice: “nuestro Evangelio”, porque él ha sabido reproducir en su vida a Jesús Cristo y por eso puede decir: “por medio de nuestro Evangelio”. 
    “Para que consigan ustedes, la gloria del Señor Jesús Cristo.” ¿Ustedes se pueden imaginar cuál es la gloria del Señor Jesús Cristo? La gloria del Señor Jesús Cristo es el Señor Jesús Cristo, es el Padre, es la Trinidad, es el Cielo, es lo infinito, lo sobrenatural. Dice que por medio de la acción del Espíritu Santo  -cooperando tú y yo con la fe y confianza plena en el Señor- conseguiremos aquí sobre la tierra, vivir la gloria del Señor Jesús Cristo.